Empecé con una pregunta simple: ¿cuántos barriles de petróleo importa Uruguay por año, y se puede ver la transición energética en ese número? No en reportes institucionales, sino en los datos crudos, año a año, comparados con el crecimiento económico del país.
Lo que encontré vale la pena contarlo. Y cómo llegué a eso también.
El rol de la IA en este análisis
Usé Claude como colaborador de investigación, no como oráculo. La diferencia importa: la IA es buena buscando, sintetizando y visualizando datos, pero necesita que la persona al otro lado sepa qué preguntar y cuándo sospechar de una respuesta. Con ese marco, el proceso fue sorprendentemente rápido: datos de importaciones del MIEM y la CIA World Factbook,[1] datos históricos de GDP del Banco Mundial,[2] hitos energéticos de fuentes oficiales uruguayas[3] — todo normalizado y graficado en minutos.
Sin criterio propio, la IA genera texto plausible sobre cualquier cosa. Con criterio, es un multiplicador de productividad enorme. Este artículo es un ejemplo de eso.
La historia en los datos
Uruguay no produce petróleo. Ningún barril.[4] El U.S. Department of Commerce lo dice sin rodeos: "the country does not produce hydrocarbons domestically and relies entirely on imports." ANCAP opera la única refinería del país (La Teja, Montevideo), pero todo el crudo que procesa llega de afuera, principalmente de Nigeria, Estados Unidos y Argentina. En 2025, el gobierno autorizó exploración offshore con posibilidades de producción después de 2030, pero por ahora, cero.
Con ese contexto, en 2000 Uruguay importaba ~33.000 barriles diarios. Para 2007 ya eran más de 52.000: la economía crecía fuerte post-crisis 2002 y el petróleo acompañaba.[5] La correlación GDP-barriles era casi perfecta. El pico llegó en 2012 con ~65.000 bbl/día, y acá hay algo importante que explicar.
Uruguay genera buena parte de su electricidad con represas hidroeléctricas — históricamente entre el 40% y 60% de la matriz eléctrica.[6] Cuando llueve poco y los embalses bajan, UTE (la eléctrica estatal) necesita compensar esa generación con centrales térmicas que queman gasoil y fueloil — ambos derivados del petróleo importado. En 2012 confluyen tres factores: una sequía severa que obliga a las térmicas a operar a máxima capacidad, un rebote económico post-crisis global con alta demanda de combustibles, y operaciones de stockpiling de ANCAP. El resultado: el pico de importaciones más alto de la historia reciente del país.[7]
Después de 2012 pasa algo estructuralmente diferente.
Ambos ejes muestran un índice con base 1975 = 100, para comparar dos variables con unidades distintas. Datos EIA/MIEM desde 1980; 1975–1979 estimados. Fuentes: Banco Mundial, EIA, MIEM-DNE.
La decisión política detrás del gráfico
En 2006, Uruguay hace algo poco convencional: en lugar de subsidiar las renovables con precios artificiales, abre licitaciones internacionales competitivas. Las empresas privadas compiten para ofrecer la energía más barata; el Estado garantiza reglas claras y contratos de largo plazo. En 2011 se licitaron 150 MW eólicos adicionales — llegaron ofertas de más de 20 empresas internacionales, y el gobierno contrató mucho más de lo planeado, ampliando la capacidad en más del 40% del sistema total.[8]
Para 2016, Uruguay tenía 1.000 MW eólicos instalados — equivalente a toda la capacidad hidroeléctrica construida en décadas — y la generación térmica cayó a casi cero en condiciones normales.[9] Ese es el mecanismo: las centrales que quemaban gasoil cada vez que bajaban los embalses dejaron de ser necesarias. El viento reemplazó no solo a las térmica sino también al riesgo climático hidráulico.
¿Por qué los barriles no siguen bajando?
Desde 2016, las importaciones se estabilizaron en ~40.000–43.000 bbl/día. El GDP creció otro 60% en ese período. La transición energética uruguaya descarbonizó casi exclusivamente el sector eléctrico. El transporte, la industria y la agropecuaria siguen funcionando a gasoil y nafta — representan el ~70% del consumo final de derivados de petróleo.[10]
Ese crecimiento orgánico de demanda (estimado en 1–2% anual en economías similares) fue compensado casi exactamente por la reducción en generación térmica. Las dos fuerzas se cancelaron, dejando la curva plana. La meseta no es estancamiento: es crecimiento de consumo tapado por sustitución renovable. Sin la transición eólica, Uruguay estaría hoy importando probablemente entre 50.000 y 55.000 bbl/día.
Lo que el gráfico no puede probar — y lo que sí sugiere
Una correlación temporal no es causalidad. Pero lo que sí es verificable: antes de 2008, la generación térmica representaba entre 15% y 30% de la electricidad en años secos; para 2020 era apenas 6%.[11] La caída de importaciones es congruente con ese número. Y cuando el Brent subió a USD 120 post-invasión a Ucrania en 2022, Uruguay amortigüó ese shock mejor que sus vecinos — porque ya no dependía del petróleo para encender las luces.[12]
Lo que viene
El gobierno uruguayo lo llama "la segunda transición energética": descarbonizar el transporte. En 2025 se vendieron 14.387 vehículos eléctricos, un crecimiento del 147% interanual.[13] Si el parque automotor se electrifica a una tasa comparable a como avanzó la generación eólica, la curva de barriles debería empezar su segundo descenso antes del final de esta década. Eso también será visible en los datos.
Fuentes